La cocina
El sueño americano en medio del capitalismo
En sus películas anteriores Güeros (2014), Museo (2018), y Una película de policías (2021), el director Alonso Ruizpalacios ha demostrado su afinidad por la vanguardia europea, el cine independiente estadounidense y la docuficción. Estos enfoques le han permitido desarrollar una destreza documentalista para capturar detalles significativos, explorando narrativas que entrelazan lo cotidiano con lo extraordinario, y profundizando en las complejidades de sus personajes a través de una perspectiva cinematográfica apasionante.
Su cuarto largometraje La cocina, filmado en blanco y negro e inspirado en la obra homónima de Arnold Wesker, nos traslada a la frenética hora del almuerzo en un restaurante muy concurrido en Times Square, donde las tensiones estallan entre el personal. La amalgama cultural es palpable, ya que diversas etnias y culturas, incluidos inmigrantes de países como México, Colombia, Albania, Marruecos, entre otros, y estadounidenses de origen humilde coinciden en el detrás de escenas. Este grupo variado no solo aporta un dinamismo único al caótico ambiente del restaurante, sino que también refleja la realidad de un equipo que trabaja en condiciones difíciles, tratando de salir adelante en Nueva York, en busca del supuesto “sueño americano”, con la constante promesa de obtener unos papeles que nunca llegan. Esta idea añade una ebullición emocional que hace de La cocina una fascinante contribución al creciente subgénero de dramas culinarios en el cine contemporáneo.
La película comienza con imágenes en cámara lenta de un ferry hacia Manhattan y de un tren rumbo a Midtown, capturadas como un diario de viaje. Un formato que evoca las secuencias oníricas que manipulan la velocidad de obturación en el cine de Wong Kar-wai. Estela (Anna Díaz) lucha por llegar a Times Square, enfrentando diversos obstáculos debido a que no habla inglés. Después de una carrera llena de contratiempos, finalmente llega a su destino: The Grill, el restaurante donde busca empleo y un microcosmos donde cohabitan historias personales y ambiciones profesionales.
Aunque la película tiene un reparto coral, la trama se centra en Pedro (Raúl Briones), un cocinero carismático pero temperamental. Sus compañeros lo adoran y lo detestan por igual, especialmente Max (Spenser Granese), con quien tiene frecuentes choques de ego. Mientras lucha por demostrar sus sentimientos genuinos hacia Julia (Rooney Mara), la mesera que espera un hijo suyo, Pedro está a tres llamadas de atención para perderlo todo. Es un personaje complejo, machista, tanto empático como miserable, solidario con los suyos, pero también influenciado por el capitalismo que ha vivido en Estados Unidos. Mientras tanto, Julia, inexpresiva y pragmática, ya ha decidido realizarse un aborto, una elección que Pedro le ruega que reconsidere en medio del ajetreo culinario y el mar de Coca-Cola que inunda las estaciones de trabajo.
Por si fuera poco, las cosas se complican cuando el contador (James Waterston) revela que faltan $800 de la caja registradora. Todo el personal es convocado para encontrar al responsable. El gerente (Eduardo Olmos) sospecha de dos personas: Pedro, debido a su actitud arrogante hacia los demás, y Julia, cuyo procedimiento médico tiene un costo similar a la cantidad desaparecida. Briones y Mara, como opuestos que inevitablemente se atraen, protagonizan un baile entre lo real y lo posible, unidos por una esperanza que parece irracional. En un mundo dominado por una estructura capitalista que desafía sus sueños, ambos se encuentran atrapados en una cocina que representa el reverso exacto de sus aspiraciones.
El cineasta también explora la masculinidad tóxica en la cocina profesional, representada con la conducta de Pedro, quien recurre a diversas formas de violencia para afirmarse y establecer su liderazgo, llegando incluso a intentar decidir sobre el embarazo de Julia. Este comportamiento no solo expone su propia vulnerabilidad, sino que también ilustra cómo la presión social y las expectativas de género de ese mundo hipermasculino lo llevan a perderlo todo. Una invitación para que los hombres reflexionemos sobre nuestras propias actitudes, independientemente de nuestra ocupación, frente a un sistema que todavía perpetúa y celebra estas dinámicas nocivas.
La cocina, tan afilada como cualquier cuchillo, funge como un ensayo sobre la pérdida de la dignidad en la vorágine del capitalismo contemporáneo. Mediante técnicas cinematográficas sólidas y actuaciones destacadas, Ruizpalacios intensifica el entorno culinario hasta convertirlo en una representación dolorosa que invita a la audiencia a pensar sobre cómo el ser humano es degradado en esa obsesión desenfrenada por el lucro: una máquina implacable que continúa emitiendo las órdenes tras bambalinas.


